domingo, 15 de marzo de 2020

Bar Luis


España, s. XVIII

Aún no se había inventado el automóvil, ni se le esperaba. No se viajaba por el mero placer de hacerlo: los viajes eran algo lento y caro, y estaban destinados fundamentalmente a los negocios o a gente de muy alto poder adquisitivo. Obvio es que las autovías no existían, ni siquiera las carreteras convencionales. España estaba vertebrada por Caminos Reales, que enlazaban las localidades más importantes, y en torno a los cuales había toda una red de negocios: fondas, mesones, posadas, tabernas, ventas... En aquella época se tardaban varios días en atravesar distancias que hoy recorremos en unas horas, por lo que se hacía imprescindible disponer de lugares en los que los cocheros y los animales se alimentaran y descansaran, se pudieran reparar los carros y cambiar los tiros de los caballos.

No hay duda de que los Caminos Reales eran, en sí mismos, una importante fuente de riqueza, y no eran pocos los que veían una buena oportunidad económica en este tipo de negocios. Por este motivo, el ayuntamiento de la localidad en la que nos encontramos decidió realizar la construcción de un mesón. Este fue inaugurado en 1.794, y estuvo arrendado por la misma familia durante dos generaciones, hasta que la tercera generación decidió construir su propio negocio. Y así fue: la Posada de San Ignacio abrió sus puertas en 1834


España, s. XXI

------  POSADA de SAN IGNACIO ------



Estamos en un pueblo pequeño, situado cerca de una localidad mucho más destacada, y además atravesado por una de las carreteras nacionales más importantes del país. Quizá sea esto lo que propició que, a pesar de su pequeño tamaño, llegara a poseer un tejido industrial de dimensiones considerables, albergando entre otras una fábrica de chocolate de reconocida fama. A ambos lados de la calle principal, que sigue formando parte de la carretera nacional, encontramos numerosos establecimientos cerrados que, en su día, vivieron al albor de los Caminos Reales y todo lo relacionado con el transporte. Entre ellos hay dos edificios singulares: el mesón construido por el ayuntamiento, y la Posada de San Ignacio.

Tiene unas generosas dimensiones, repartidas en dos plantas. En la baja se ubicaban la cocina, el comedor y las caballerizas, mientras que en la primera estaban los dormitorios, tanto de los propietarios como los destinados a los viajeros que necesitaban pernoctar. Como ocurrió con la inmensa mayoría de negocios similares, esta posada gozó de gran éxito hasta la aparición de los primeros automóviles. Estos relevaron gradualmente a los animales de los servicios de transporte, del mismo modo que los caminos reales dieron paso a las carreteras, mucho más seguras, confortables y rápidas. Renovarse o morir: las posadas y ventas dieron paso a los hoteles y pensiones, las fondas fueron remplazadas por los restaurantes, y las tareas de mantenimiento de animales, carros y diligencias fueron sustituidas por talleres de automóviles. 

Se puede identificar como la posada porque tiene en su fachada un conjunto de azulejos que así lo indica. Es un edificio discreto, aunque bastante grande en comparación con los que lo rodean. Hace muchos años que dejó de ser posada: ahora la planta baja la ocupan tres bares, y la planta alta es un hostal. En verdad lo correcto sería decir que ahora ya no es más que un edificio viejo, cerrado y completamente olvidado. Una verdadera lástima.


------ BAR LUIS ------


 "Bares, qué lugares tan gratos para conversar"


El bar que nos ocupa está en muy buenas condiciones, en parte por situarse en el centro de un pueblo, y en parte por haber estado convenientemente cerrado hasta hace pocos años. Si pude acceder para tomar estas fotografías fue porque la puerta principal lleva meses abierta. El buen estado de todos los elementos que componen el local invita a pensar que quizá sufriera una buena reforma pocos años antes de su cierre, ya que el estilo, al menos de la barra, es más moderno de lo que se estilaba en la época en la que se constituyó este bar. Puedo imaginar perfectamente las botellas de alcohol detrás de la barra, al camarero sirviendo chatos de vino, cervezas, torreznos o boquerones, y dos o tres mesas donde los vecinos jugarían al dominó, al tute o al guiñote.



 "Mozo, ponga un trozo de bayonesa y un café, que a la señorita la invita monsieur"




Doy por hecho que cerró en torno a 2003, aunque solo sea porque encontré un periódico y hay colgados varios calendarios, todos de ese año. Insisto en que, para llevar tantos años cerrado, se nota que no ha sufrido apenas vandalismo, y que los elementos que faltan han sido retirados por sus propietarios.




"El camarero está leyendo el AS con avidez"

Entrar en este aseo es introducirse en otra época, a pesar de que hay algún elemento más actual, como puede ser el portarrollos de Colhogar. Sin embargo, tanto los sanitarios como los azulejos nos recuerdan la estética de finales de los años 70.





Dicen que el mejor sitio de un bar es la cocina, y en parte no falta razón. Aunque en este caso poco queda de la misma, quiero imaginar que porque sus dueños se han llevado los muebles a otro sitio, ya que no se aprecia demasiado vandalismo.







¿Qué hay más típico de un bar que una botella de anís?




------ EPÍLOGO ------

"Jefe, no se queje y sirva otra copita más"



Quien más y quien menos tiene un bar. Su bar.

Es ese sitio al que vas a tomar una cerveza y no necesitas pedirla, ya que el camarero es tu amigo y sabe de sobra lo que te apetece tomar. Y es probable que, cuando entres, ya la tengas puesta encima de la barra, acompañada de una tapita extraída de lo que esté preparando en la cocina. Sabes que no necesitas ir acompañado: con toda seguridad encontrarás allí algún amigo más, ya que es vuestro punto de encuentro. En caso negativo siempre habrá algún cliente habitual con el que podrás hablar, y si tampoco fuera así, raro será que no surja conversación con alguien de la barra. Si no era un conocido, acabará siendo un conocido. Has disfrutado tantas veladas en ese local que lo sientes como si fuera tu propia casa: conoces a los clientes por sus voces, sabes en qué silla no sentarte porque está coja y, además, procuras ir a la hora en que tu amigo el camarero ha dado de comer al resto de clientes, y así podrá comer contigo en su momento de descanso.

Así era mi bar. Su dueño (y camarero) se llama igual que el bar del reportaje. En él pasé, junto con mis amigos, momentos inolvidables que marcaron una época en mi vida. Tan es así que deseo de corazón que todos tengáis vuestro bar, y seáis tan felices como yo lo fui en aquel lugar.


Bares ¡qué lugares!


PD: Aunque a veces no nos demos cuenta, hace falta muy poco para ser felices. Solo tenemos que encontrar nuestro camino para serlo.  

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