jueves, 23 de abril de 2020

Polvoranca


El nombre de Polvoranca resultará familiar a los habitantes de Madrid, y probablemente les sorprenderá encontrarlo en un listado de pueblos abandonados. Este topónimo tiene diversas acepciones, pero ninguna de ellas tiene aparente relación con los despoblados, y si preguntáramos a cualquier madrileño/a nos sorprendería la variedad de sus respuestas. A unos les sonará por la estación de cercanías Renfe que lleva su nombre. A otros, por el barrio de Leganés. Los habrá que conozcan el Parque Polvoranca, una zona verde de ciento cincuenta hectáreas ubicada entre Alcorcón, Fuenlabrada y Leganés. Quien haya paseado por él, habrá observado los restos de la iglesia de San Pedro Apóstol: último vestigio de una aldea que, en contra de lo que a priori se pudiera suponer, tiene una historia que abarca milenios.



Hace décadas que la aldea de Polvoranca cedió su nombre al parque que actualmente ocupa su término municipal. Estaba ubicada en una zona con abundante agua, rodeada de arroyos y lagunas donde reposan los ánsares en su viaje hacia el sur. La fertilidad de sus tierras era extraordinaria, lo que atrajo en la edad de hierro a los primeros pobladores. También los romanos tuvieron presencia en la zona, y así lo atestigua el hallazgo de los restos de un poblado al norte del arroyo Culebro. No parece descabellada la teoría de que bajo las ruinas de la iglesia de San Pedro se hallan los restos de una villa romana. Y es que la propia palaba Polvoranca podría tener su origen en el antopónimo Laurianus, que bien pudo ser el nombre del señor de la villa. La invasión musulmana habría dejado su impronta añadiendo al topónimo el sufijo “-que”, derivando en Loranque. De la edad media provendría el prefijo “pol-”, que significa “lugar habitado”, dando como resultado el vocablo Polboranque. Sería el propio fluir de la palabra hablada el que convertiría Polboranque en Polboranca, y fue decisión de D. Pedro Ignacio de Belluti Vélez, entonces propietario de las tierras, el cambiar en 1794 la b por la v, dando como resultado el nombre actual.  

Polvoranca fue constituida como poblado estable en el año 1100, casi dos milenios después de que los primeros nómadas se establecieran en sus tierras. A este hecho contribuyó en gran medida la llegada de los judíos, mozárabes y musulmanes que huían de la ciudad de Toledo, a consecuencia de su conquista en 1085 por parte del rey Alfonso VI. Resulta paradójico el hecho de que la misma abundancia de agua que fertilizó las tierras y atrajo a nuevos pobladores fuera la que provocó, en 1285, la emigración hacia el norte de buena parte de sus habitantes para fundar Leganés, coincidiendo con gente de otros asentamientos como Butarque y Overa. Y es que el exceso de humedad propiciaba la aparición de enfermedades como el paludismo, que fueron una constante a lo largo de la historia de la villa.


Mapa de Polvoranca y Leganés de la primera mitad del s. XX


Con el paso del tiempo, Polvoranca acabó siendo convertida en un señorío feudal que, a pesar de haber cambiado de manos en varias ocasiones, ha permanecido como tal hasta nuestros días. Su economía se basaba en los cultivos de cereal y garbanzo, complementados con algunos olivares y huertas, así como con el pastoreo de ganado ovino. Como en todo sistema feudal que se precie, el excedente económico obtenido pasaba a ser propiedad de los señores feudales, quedando para los habitantes lo imprescindible para sobrevivir. Entre sus propietarios hay varias generaciones de los condes de Orgaz, y merece la pena destacar un incidente ocurrido durante ese período que enfrentó a las villas de Madrid y Polvoranca.

En la edad media, y a diferencia de lo que sucede en la actualidad, la jurisdicción no tenía carácter nacional. Los titulares de los señoríos jurisdiccionales tenían potestad para aplicar la justicia en su territorio, en mayor o menor medida según cada caso, y estableciéndose para ello diferentes categorías. El matiz diferenciador era el ámbito de jurisdicción: podía ser en todo el territorio o, por el contrario, en los límites urbanos de cada señorío, lo que se conocía como “de goteras hacia dentro”. La pena máxima era la muerte, y para su ejecución se utilizaba la horca. 

En 1499, los Reyes Católicos ordenaron al corregidor de Madrid el derribo de las horcas construidas en diversos municipios, entre los que estaba el señorío de Polvoranca. El corregidor traspasó la orden a los correspondientes alguaciles, que fueron los encargados de hacer efectivo el mandato. No le sentó nada bien a D. Esteban de Guzmán, señor de Polvoranca, quien denunció el hecho ante el corregidor de Madrid, arguyendo que no había sido informado de tal decisión, y considerando que no tenían potestad para arrebatar a Polvoranca un derecho que poseía desde tiempo inmemorial, como era el de tener jurisdicción dentro de su territorio, habida cuenta de lo bien definidos que estaban los límites territoriales de Polvoranca frente a los de Madrid. El fiscal alegó que la jurisdicción señorial solo debía aplicarse dentro de los límites urbanos del señorío, o como se decía entonces, “de goteras para adentro”. A continuación, solicitó que se declarase que la villa de Polvoranca no tenía capacidad jurisdiccional fuera de sus “goteras y paredes”.

Pasaron 35 años hasta que en 1534 se dictara sentencia, que resultó favorable a Polvoranca, permitiendo a la villa ejercer la jurisdicción en todo su territorio, y concluyendo en que debían restituirse a su antiguo estado los elementos jurisdiccionales derribados, como la horca. La Villa de Madrid ejerció su derecho de súplica, pero este fue desestimado por el Conde de Orgaz, que había sustituido a D. Esteban de Guzmán en la titularidad del señorío de Polvoranca. En la siguiente resolución el tribunal dio la razón a Madrid, lo que desembocó en la intervención fiscal de Polvoranca por la Villa de Madrid, y limitó los derechos del señorío al interior de sus “goteras y paredes”, eliminando asimismo (y por segunda vez) todos sus símbolos jurisdiccionales. El Conde de Orgaz presentó súplica ante el juzgado, alegando derechos de propiedad y posesión, y la Villa de Madrid respondió de similar manera. El proceso continuó hasta quedar visto para sentencia en 1594, casi cien años después de su comienzo. 

La villa de Polvoranca cambió de manos en 1575, pasando a ser propiedad de D. Antonio de León y Dª Ana de Ossorio. Fue en ese período cuando Polvoranca alcanzó su mayor esplendor, pasando a ser conocida como el Mayorazgo de Polvoranca, y alcanzando la cifra máxima de trescientos vecinos y cuarenta y dos casas. Por él pasaron personajes de la talla de Fray Luis de León (que lo frecuentó entre 1570 y 1590) y Don Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I y hermanastro de Felipe II, y a quien disputó el trono en la rebelión morisca de Las Alpujarras, que tuvo lugar entre 1568 y 1571. También se acordaron de esta villa escritores como D. Benito Pérez Galdós, quien la mencionó en su libro Nazarín, describiéndola así:

Era tierra fría y llana,
pobre de leña y de pan.
Aunque de vino mediana,
de ganado no iba mal

Fue en esa época gloriosa, concretamente en 1655, cuando se levantó la iglesia de San Pedro Apóstol, que inicialmente veneraba a San Cosme y San Damián. Para su diseño se contrató a dos arquitectos que gozaban de notable prestigio en aquel momento: D. Francisco de Mora (gran exponente de la arquitectura herreriana) y su sobrino, D. Juan Gómez de Mora (autor de la Casa de la Villa de Madrid). Su planta tiene forma de cruz latina, compuesta por una sola nave con capillas laterales, y la cubierta tiene forma de bóveda de cañón encamonada. La iglesia tiene además una cripta sepulcral ubicada bajo tierra. Su construcción se realizó en ladrillo, erigido sobre zócalo de sillares de piedra.

A pesar de la buena situación de Polvoranca, la vida en la localidad vecina de Leganés transcurría de manera mucho más agradable para sus habitantes. Gracias a la cercanía de la Corte de Madrid, la economía y la sociedad de este municipio evolucionaron de manera más rápida. Esto no pasó desapercibido para los habitantes de Polvoranca, quienes poco a poco fueron abandonando sus casas y emigrando hacia Leganés. Polvoranca fue testigo de cómo su población descendía de forma lenta pero constante, hasta quedar prácticamente despoblada a mediados del s. XIX, momento en que su territorio fue anexionado al de Leganés. No quedó totalmente despoblada: en la aldea continuaron viviendo algunos vecinos que cultivaban las tierras y pastoreaban ganado, hasta que se marcharon a mediados del s. XX.


Comparativa de imágenes aéreas. Se aprecia con nitidez la notable expansión de Leganés en la segunda mitad del s. XX. El Parque Polvoranca se sitúa a la izquiera de la localidad, y al sur están los restos de Polvoranca. 


Polvoranca siempre tuvo una espada de Damocles que pendió sobre su población y que fomentó las sucesivas emigraciones que sufrió: la humedad de las lagunas, que convertía la zona en un hábitat ideal para los mosquitos, que transmitían enfermedades como el paludismo. La llamada fiebre del mosquito o terciana provocaba agresivas diarreas, fiebre e incluso la muerte. Con la despoblación le sobrevino el sambenito de lugar maldito, y en torno a su historia afloraron multitud de creencias y leyendas.


Píldoras del Dr. Camacho. Un magnífico remedio para las "tercianas".



--------- ENERO de 2018 ---------


Evolución de Polvoranca en los últimos 50 años


El Parque Polvoranca está ubicado entre Alcorcón, Fuenlabrada y Leganés, y rodeado al norte por la carretera M-406, al sur por la circunvalación M-50, al este por la carretera M-407, y al oeste por la autopista R-5. La conversión en parque de los campos de cultivo que antes ocupaban todo este espacio se inició en 1986: se adecuaron los humedales, convirtiéndolos en lagunas artificiales, y se repobló la zona con flora autóctona. El resultado es una zona verde estupenda, considerada el pulmón de Leganés, y un lugar magnífico para la observación de aves. Recomiendo encarecidamente que, si os apetece visitar las ruinas de Polvoranca, aprovechéis para disfrutar de este entorno. No os dejará indiferentes.


Vista 3D de Polvoranca


El perímetro de lo que fue la villa de Polvoranca está completamente vallado. Y no es para menos: el estado de conservación de la iglesia no presagia nada bueno. En mis numerosas exploraciones he zascandileado por edificios que entrañaban cierto peligro de derrumbe, pero nunca me atrevería a hacerlo en casos como el de esta iglesia: el desplome parece inminente. La cúpula que cubría el altar mayor está sujeta casi de milagro (nunca mejor dicho), una de las capillas laterales está completamente separada del resto del edificio y sufre una inclinación notable. El resto de muros presentan grietas de gran tamaño, y cada fragmento de pared sufre una inclinación diferente con respecto al que tiene al lado: todo en función de los diferentes apoyos que va encontrando la estructura en su lenta agonía.












Fotografía tomada casi desde el mismo punto que lo hice yo. Autor desconocido


La torre de la iglesia colapsó el 24 de diciembre de 1953. Por aquel entonces la villa estaba totalmente abandonada, a excepción de un matrimonio que vivía en una de las casas y que pastoreaba ovejas en las tierras circundantes. El diario ABC publicó, el 6 de enero de 1957, una entrevista realizada a este matrimonio por el periodista Alfredo Semprún, de la que resalto los siguientes fragmentos:
  • Cuatro años hará el día de nochebuena -nos dice el pastor- que el “campanario” se nos vino abajo…, Nosotros creímos que se acababa el mundo, ante el ruido que hizo al caer… [sic].
La escasez agudiza el ingenio, y ante la evidente falta de uso que tenía la pila de agua bendita, el matrimonio optó por darle una función más práctica:
  • ahora sirve para tapar el “gujero” de un pozo -nos dice doña Cecilia, única mujer habitante de Polvoranca [sic].
Huelga decir que en mi visita no vi la pila de agua bendita. Ni la pila bautismal, en la que doña Cecilia lavaba la ropa apoyándose en una tabla. Tampoco hay rastro de la casa principal en cuya pared se ubicaba el escudo de armas. Este afortunadamente se halla a buen recaudo, en el Centro de Exposiciones de Las Dehesillas (Leganés), tras haber pasado décadas oculto en una finca privada.

Una de las leyendas que siempre circuló en torno a la iglesia de Polvoranca fue la existencia de vasijas con monedas de oro enterradas en la cripta. A pesar de que la leyenda no tiene demasiado fundamento, hay que reconocer que la iglesia de San Pedro Apóstol escondía tesoros en sus entrañas, como relataba Alfredo Semprún:
  • Hace algunos años, al derrumbarse una pared medianera, se descubrieron los esqueletos, hoy enterrados en Leganés, de toda una familia marquesal, lo que se deduce, debido a las espuelas de oro y otros ornamentos que, junto a los restos de los varones fueron hallados [sic].
  • En otro muro, frontal al anteriormente citado, se encontró asimismo el cadáver de una joven, el cual, embalsamado, conservaba en toda su pureza los bellos rasgos de aquella damisela, hija, sin duda alguna, de una de las familias señoriales de Polvoranca [sic].
Otros han sido los descubrimientos realizados en épocas más recientes. En 1999, y a consecuencia de la realización de unas prospecciones arqueológicas, apareció un crematorio funerario con restos de más de dos mil quinientos años de antigüedad. Y en 2005, tras haber excavado junto a los muros de la iglesia con el fin de analizar el estado de los mismos, aparecieron restos óseos humanos de lo más variado.


Artículo de ABC, 6 de enero de 1957


Poco queda en pie aparte de la iglesia. Aún se vislumbran algunos restos de lo que fueron las casas de Polvoranca, pero todo está arrasado. En el suelo a veces asoman trozos de ladrillo o de teja, como queriendo llamar la atención del paseante y hacerle ver que “antes, todo esto era pueblo”.





Fotografía tomada por el fotógrafo Francisco Cecilia en 1980, desde el mismo punto que la tomé yo. 






A continuación, una serie de fotografías tomadas por el fotógrafo Francisco Cecilia en 1983:





Escudo de la casa señorial, hoy en el Centro de Exposiciones "Las Dehesillas"



--------- EPÍLOGO ---------

Basta que tengamos algo al alcance de la mano para que no le prestemos atención. Es más probable que conozcamos mejor los sitios de interés de las ciudades a las que vamos de vacaciones que los de la ciudad en la que vivimos. Y esto es así porque tenemos demasiado asumido lo que nos rodea: pensamos que siempre ha estado y siempre estará, y no nos paramos a pensar en lo interesante que sería dedicar un poco de atención a lo que tenemos tan cerca. No es necesario hacer exóticos viajes para descubrir historias fascinantes y lugares con encanto.



--------- REFERENCIAS ---------

Mapas y fotos aéreas:
  • Google Maps
  • Instituto Geográfico Nacional

Libros:
  • Poder político y administración de justicia en la España de los Austrias – José Luis Bermejo Cabrero

Blogs y páginas web 

domingo, 19 de abril de 2020

Turruncún

Turruncún tiene un nombre interesante, un nombre de los que difícilmente se olvidan. Cuenta la leyenda que “a Turruncún el nombre le viene de hace muchísimos años, de cuando los viejos del lugar se juntaron en la punta del pico Isasa y se pusieron a pensar en qué nombre ponerle al pueblo. Y entonces una vieja dijo: “pues a lo que diga la piedra”. Arrojaron un canto por el Isasa y, mientras iba rodando, la piedra decía: “turrún-turrún” y cuando pegaba en los entrantes decía: “cún-cún”. Y por eso le pusieron Turruncún [sic]”. No es la única teoría: otra corriente sugiere que es una derivación del vocablo vasco iturri, que significa fuente. También hay quien indica que podría provenir de torronco, que es la denominación que da la fabla aragonesa al tronco de madera cortado para alimentar el hogar o la estufa.


"Y por eso le pusieron Turruncún"
La Piel - Marta Santos


Turruncún tiene un nombre rotundo e imponente. Tan imponente como resulta su estampa: erguido sobre una loma junto a la carretera, en plena curva, como indicando al viajero que, si pretende pasar, tendrá que rodearlo. Tal es su ubicación que cualquiera diría que no tiene acceso, que se trata de una fortaleza, y que quien pretenda acceder a él deberá escalar el talud que forma con la carretera, casi vertical. Acercándose a él desde el sur, y debido a su estructura y situación, la perspectiva nos hace creer que las casas se apelotonan unas junto a otras en un intento desesperado por aproximarse a la iglesia, que se alza en la parte más alta del conjunto, orgullosa y desafiante. 

Turruncún tiene un nombre ruidoso y sonoro. Tanto como el estruendo que salió de sus entrañas a las 18:59 horas del 18 de febrero de 1929, cuando fue epicentro de un terremoto de 5,1 en la escala de Richter. Se sintió en localidades como Azagra, Los Arcos, Corella y Marcilla, y sus vecinos confesaron que jamás habían sufrido un temblor semejante. La fuerza de la tierra provocó la rotura de tuberías, el agrietamiento de calles, el colapso de pajares y chimeneas y la fractura y derrumbamiento parcial de edificios de toda clase, aunque afortunadamente apenas hubo que lamentar daños personales. Su intensidad y consecuencias son perfectamente comparables a las del terremoto de Lorca, ocurrido en 2011 y que todos recordamos. Y al igual que sucedió con la localidad murciana, Turruncún quedó gravemente herido.


Mapa de isosistas del terremoto de Turruncún. 
El sismo de La Rioja baja del 18 de febrero de 1929 - Alfonso Rey Pastor


Turruncún tiene un nombre duro. Dura es su estampa, marcada por las cicatrices sufridas por el terremoto de 1929. Duras eran sus gentes, que como tantas otras aguantaron las terribles condiciones de vida que por aquel entonces tenía el campo, tan diferentes a las de ahora. Dura era la agricultura, absorbente de sol a sol. Dura era la labor del ama de casa, que se destrozaba las manos lavando la ropa a diario en el lavadero, administrando y dirigiendo la casa en condiciones. Y extremadamente dura ha sido y es la minería, uno de los principales sustentos de los turruncuneses. La peña Isasa supuso una notable fuente de riqueza, y durante décadas fueron explotadas al menos dos minas de carbón en sus tierras: Santa Nunilo y Alodia, de la Sociedad Hullera de Castilla y Navarra, y Nuestra Señora del Pilar, perteneciente a la sociedad Vasco-Riojana. Ambas se explotaban por el sistema de macizos aislados y pozos abiertos, en función del desnivel que presentara el terreno, y alcanzando una profundidad máxima de 56 metros.
  • Ultimamente, debemos hacer mencion del siniestro ocurrido en la mina Santa Nunilo y Alodía por el incendio de la capa en explotacion, producido, segun sospechas, intencionalmente. Por fortuna, el capataz D. Francisco Ruiz y los operarios á sus órdenes lograron aislar convenientemente el fuego sin haber tenido que lamentar desgracia alguna personal. El incendio tuvo lugar el 1º de diciembre de 1867 sin que hasta ahora se hayan podido descubrir, mas que por sospechas, los causantes á pesar de las diligencias practicadas por el tribunal ordinario [sic]


Estadística minera correspondiente al año 1867 – Dirección General de Obras Públicas, Agricultura, Industria y Comercio


La llegada del ferrocarril a la ribera del río Cidacos benefició a las localidades situadas en su entorno y sus correspondientes explotaciones, pero a su vez perjudicó a las minas de Turruncún que, por encontrarse a notable distancia del tren, acusaron una gran pérdida de rentabilidad que desembocó en el cese de sus actividades. Huelga decir que Turruncún sufrió económica y socialmente la pérdida de su actividad industrial, ya que trajo consigo no solo la pérdida de ingresos sino la emigración de sus habitantes hacia localidades con mayor porvenir económico, quedando completamente despoblado en 1975.

Turruncún tiene un nombre misterioso. Desde apariciones hasta psicofonías, son numerosos los amantes de lo paranormal que se acercan a este despoblado para investigar. Si las leyendas son algo habitual en los pueblos, en este caso abundan de manera especial. No cabe duda de que a Turruncún no le faltan acontecimientos históricos trágicos para dar pábulo a leyendas de lo más variopinto.


--------- Mayo de 2017 ---------



Muestra del declive de Turruncún


Turruncún impacta al ser visto por primera vez desde la carretera. La mañana había amanecido brumosa, y la niebla envolvía al pueblo dándole una apariencia misteriosa. El acceso no se puede realizar desde la propia carretera, es necesario rodear el pueblo por una pista forestal situada al oeste, que transcurre por detrás del cementerio y de las bodegas excavadas en el terreno. En los años setenta pasó a ser propiedad del ICONA, que repobló con coníferas todo su término municipal, convirtiéndolo en un denso bosque en el que los animales viven con paz y tranquilidad. Desde el camino se puede ver en todo momento lo que queda del pueblo, en buena parte absorbido por una naturaleza que luce sus mejores galas. La iglesia destaca desde cualquier ángulo. El camino pasa junto a la ermita de Las Vírgenes, y desemboca en una zona de recreo con merendero y refugio, amén de un pequeño estanque, todo ello ubicado junto al lavadero del pueblo.


Propuesta de venta de las viviendas de Turruncún al ICONA


Cuesta distinguir por dónde adentrarse, aunque afortunadamente la iglesia sirve como referencia. El camino de acceso es estrecho y discurre entre escombros y pequeños precipicios artificiales provocados por las ruinas de las propias casas. Dado que el pueblo está ubicado en un cerro con notable desnivel, muchas viviendas se edificaron aprovechando la pendiente y excavando en el terreno. En algunos casos sucede que, mientras la fachada principal de la casa está orientada hacia una calle de cota baja, la fuerte pendiente provoca que la fachada posterior se encuentre prácticamente enterrada en la montaña hasta las ventanas de último piso. De manera que, cuando te asomas a una de estas ventanas creyendo que estás observando la planta baja, sorprende descubrir que la verdadera planta baja está a varios metros bajo tus pies.




Buena parte de la belleza de Turruncún radica en su iglesia, que es uno de los tres edificios que aún permanecen en pie. Está situada en la parte más alta del pueblo, presidiendo una pequeña plaza de varios niveles. Para acceder a ella es necesario atravesar un portalón situado entre el templo y la torre, que están separados por un patio. La torre se divide en tres cuerpos: los dos primeros están construidos en piedra y el último es de ladrillo, lo que podría hacer suponer que se trate de una ampliación posterior a la construcción original. La cubierta tiene forma de cúpula y está realizado en mampostería, y en la parte frontal, por debajo de la misma y entre las dovelas que alojaban las campanas, se ubicaba el reloj. A su interior se accede desde el patio, y en él podemos ver la escalera de madera para acceder al campanario y al sistema de relojería, aunque su estado de conservación desaconseja categóricamente intentar subir por ella.




Desde el patio podemos ver la galería porticada, que tiene dos plantas y da acceso a la iglesia. Esta es de una nave con un cuerpo lateral, y la techumbre está sostenida por bóvedas de crucería, reforzadas a su vez por arcos de medio punto. Orientado al sur está el altar mayor, y en dirección norte se halla el coro. Las paredes lucían pinturas y cenefas decorativas. Buena parte de las losas y baldosas que cubrían el suelo han desaparecido, y entre la tierra y los escombros se aprecian restos óseos. La leyenda sugiere que son huesos humanos, y con el fin de no restar ni un ápice del aura de misterio que rodea al pueblo, no seré yo el que lo desmienta.  



Galería porticada



Vistas desde el coro




Detalles de la decoración


La sonoridad que destila el nombre de Turruncún podría ir perfectamente ligada al ruido de los truenos de aquella mañana. El día amaneció brumoso, y con el paso de las horas la niebla dio paso a una tormenta incesante cargada de truenos. Fue entrar en la iglesia y arreciar la lluvia, dando inicio a una desapacible tormenta que duró casi una hora. El paraguas no servía de mucho, y el chubasquero tampoco cubría lo que era deseable, de modo que opté por esperar pacientemente dentro de la iglesia. Era el único lugar que disponía de tejado. Eso me permitió analizarla con detalle, percatándome de su sólida estructura y del buen estado de conservación que presenta a pesar del abandono. Lamentablemente apenas pude tomar fotografías: la cámara se negó en rotundo a enfocar adecuadamente en la mayor parte de las tomas.


La lluvia arrecia...


Al salir de la iglesia se me planteaban dos posibles caminos: continuar a la izquierda o descender hacia la parte baja del pueblo. En este caso decidí continuar hacia la izquierda, sorteando la maleza y trepando por los pequeños montículos que otrora fueron las casas de los turruncuneses. Poco pude avanzar: era tal el volumen alcanzado por la vegetación que se me antojaba muy difícil (si no imposible) averiguar el trazado de las calles, cuanto menos transitarlo. 



Entre malezas y arbustos, alguna que otra casa


Decidí volver sobre mis pasos hasta la puerta de la iglesia, para después descender en dirección a la parte baja del pueblo. La dificultad permaneció en el mismo nivel: la acumulación de escombros y el avance de la vegetación eran tales que costaba averiguar donde se podía pisar con seguridad. Tardé en poder llegar a una pequeña explanada que suponía era el final de la calle, y finalmente descubrí que poco se podía avanzar desde ese lado. Todo lo que podía ver a mi alrededor eran restos de paredes cubiertos en su parte inferior por zarzas y maleza diversa que imposibilitaban el acceso.



Cocina sin lumbre y sin calor de hogar



Técnicas y estilos de antaño



Resistentes baldosas hidráulicas


Escalé la calle hasta la iglesia, y regresé sobre mis pasos hacia el coche. Estaba claro que no se podía avanzar por esta parte del pueblo, de modo que opté por intentarlo desde la carretera. Volví por la pista forestal y me detuve a admirar la pequeña ermita de las vírgenes, situada en una curva a cierta distancia del pueblo. Ya aparece sin tejado en las fotos aéreas realizadas por el vuelo americano de los años 1956-57: ¿quizá se desplomara a consecuencia del terremoto de 1929? Las paredes aun conservan los arcos y cornisas decorativos, estas últimas pintadas en azul, y las bases de las bóvedas de crucería que sostendrían la techumbre. Tuvo que ser muy bonita.


Fachada de la ermita de Las Vírgenes




Nacimiento de las bóvedas de crucería


Continué mi camino y volví a detenerme para acceder al cementerio, que está muy cerca del camino forestal. Aun quedan visibles un osario y varias tumbas, dos de ellas con restos de descendientes turruncuneses fallecidos ya bien avanzada la primera década de los dos mil. Estas tumbas deben recibir visitas de forma regular, ya que están convenientemente cuidadas. El cementerio tiene una ubicación privilegiada: está a la misma altura que la iglesia, y desde él se puede ver todo el pueblo, las bodegas, la carretera de acceso y la ribera del arroyo de Mina. No me parece mal sitio para pasar la eternidad: las vistas son extraordinarias.  




Osario despoblado


Por fortuna no falta espacio para dejar el coche aparcado con seguridad junto a la carretera. Sin embargo, parece mentira que esta discurra por los pies del mismo pueblo y que sea tan difícil acceder a él desde la misma, ya que hay un talud de dos metros de corte prácticamente vertical. La densidad de la maleza no ayuda, y probablemente el acceso fuera mucho más sencillo cuando el pueblo gozaba de vida. En primera plana desde la carretera, junto al talud, nos encontramos el último edificio construido en Turruncún: la escuela, que fue inaugurada en 1965 y que jamás llegó a estrenarse, ya que pocos años después el pueblo quedó completamente deshabitado. En el día de mi visita era absolutamente imposible entrar en ella, ya que la exuberante vegetación la abrazaba por los cuatro costados. Las fotos están tomadas desde el frontón, que fue inaugurado en 1943 y que conforma, junto con la iglesia y la escuela, la terna de edificios que permanecen en pie.



Escuela de Turruncún




Frontón




Ruinas y cuevas


--------- EPILOGO ---------

Hay una primera vez para todo. Es una frase hecha que se utiliza con mucha frecuencia, y no está carente de verdad. Todas y cada una de las cosas que hacemos tuvieron su primera vez, y la recordaremos en función de su relevancia en nuestras vidas. Sin embargo, la antítesis de esta frase también es muy cierta, y rara vez nos paramos a pensar en ello: hay una última vez para todo. Mientras que en las primeras veces de nuestra vida fuimos plenamente conscientes de lo que estaba sucediendo, es muy probable que jamás nos demos cuenta de que haya cosas que estemos haciendo por última vez, y solo nos percataremos de ello cuando hayan pasado los años. “¿Quién me iba a decir que aquella vez iba a ser la última vez?”

Hubo una última vez para Turruncún. Para todas y cada una de sus casas, pajares, bodegas, iglesia y cementerio. Hubo un día en que alguien cerró la puerta de su casa, y no fue consciente de que esa iba a ser la última vez que deambularía por sus habitaciones o echaría un vistazo a su cocina. Con el paso del tiempo, y ayudado por las inclemencias meteorológicas, el agua se abriría paso por las goteras de los tejados, cada vez más numerosas, mientras que el frío y la nieve se adentrarían por las ventanas rotas. La madera se pudriría, el adobe se humedecería demasiado y, poco a poco, la estructura se debilitaría hasta desplomarse, quedando a la vista de todo el mundo, de manera vergonzosa, las entrañas de aquella vivienda. Paredes pintadas con cenefa descoloridas por el efecto del agua, falsos techos de cañizo y escayola desplomados por la humedad, pilones de piedra partidas por el efecto del hielo… ruina y soledad.

Yo no creo en las meigas, pero haberlas, haylas. Y si hay un lugar proclive para encontrarlas es Turruncún. Debo reconocer que durante toda mi visita me acompañó un desasosiego permanente, una sensación muy extraña. Probablemente fuera sugestión provocada por toda la información, normal y paranormal, recabada días antes. O quizá se tratase de algo que mi cuerpo percibía y que yo no estaba en condiciones de analizar. ¿Quién sabe? Prefiero que seas tú, lector/a, quien saque las conclusiones pertinentes.



--------- REFERENCIAS ---------

LIBROS
  • El sismo de La Rioja baja del 18 de febrero de 1929 – Alfonso Rey Pastor, Instituto Geográfico y Catastral, servicio sismológico
  • Estadística minera correspondiente al año 1867 – Dirección General de Obras Públicas, Agricultura, Industria y Comercio
  • La minería del carbón y del hierro en La Rioja durante el siglo XIX – Tomás Franco Aliaga
  • La piel – Marta Santos

PÁGINAS WEB