domingo, 28 de junio de 2020

¡Vaya par de gemelos!

Tarazona tiene sobrados motivos para ser considerada una de las ciudades más bonitas de España. La diversa tipología de los habitantes que ha tenido a lo largo de sus más de dos mil años de existencia ha dejado una huella imborrable en su trazado urbano, que alberga muchos e interesantes edificios propios de las múltiples culturas que la han habitado en algún momento de su historia. Gustavo Adolfo Bécquer la frecuentó en numerosas ocasiones, y la llegó a denominar como la pequeña Toledo aragonesa, por la similitud de su trama urbana con la de la capital manchega. Así mismo Tarazona fue lugar de nacimiento de multitud de personajes ilustres de España, abarcando todo tipo de categorías sociales, intelectuales y culturales. Los hubo religiosos, como San Atilano, que fue el primer obispo de Zamora; políticos, como Gabriel Cisneros, que fue uno de los padres de la Constitución; y culturales, como los actores Marisa Porcel, Raquel Meller y Paco Martínez Soria.

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Paco Martínez Soria y Paco Martínez Soria en "¡Vaya par de gemelos!"

 

PACO MARTÍNEZ SORIA

 

A pesar de que apenas residió en Tarazona, porque siendo muy niño su familia emigró a Madrid y posteriormente a Barcelona, Paco Martínez Soria siempre llevó a gala su origen aragonés y su nacimiento turiasonense, que tuvo lugar en 1902. Desde muy joven apostó por el teatro, trabajando mucho para labrarse un hueco en el mundo de la escena, cosa que finalmente logró. Giras por provincias, deudas para hacer crecer la compañía, y una película, La ciudad no es para mí, que le dio el espaldarazo definitivo y marcó el inicio de una trayectoria ascendente, que resultó imparable hasta su fallecimiento en 1982.

Por norma general, tanto sus obras de teatro como sus películas se basaban en un humor blanco, pensado para que pudiera verlo toda la familia, sin estridencias ni palabras malsonantes. Un cine comercial que no gozó (ni goza) del agrado de los críticos, pero que le sirvió para crearse la imagen de “abuelo de España” y triunfar. Ver salir a escena a Paco Martínez Soria y escuchar la risa del público era todo uno, aunque ni siquiera hubiera comenzado a actuar. Existen grabaciones oficiales de varias de sus obras de teatro en directo, y hay largos fragmentos en los que no se oye más que la risa del público. Hombre de teatro, en él invirtió todo su sudor y su dinero, y el teatro Talía de Barcelona representó todo su esfuerzo y su lucha por las tablas. Apoyó a numerosos actores jóvenes, como fueron Alfredo Landa (a quien consideraba su "sucesor"), José Sacristán, Julia Gutiérrez Caba o Luis Varela.

Paco Martínez Soria no tenía más que catorce o quince obras de teatro en su repertorio, que modificaba e iba reponiendo conforme pasaba el tiempo. Muchas de ellas acabaron siendo éxitos cinematográficos. Todas las películas que rodó desde 1966 están basadas en éxitos teatrales precedentes, en ocasiones con muchos años de trayectoria. Algunas de ellas estaban escritas específicamente para él, como fueron La ciudad no es para mí, Te casas a los 60 ¿y qué? o ¡Guárdame el secreto, Lucas!

 

¡GUÁRDAME EL SECRETO, LUCAS!

 

Joaquín Abati y Federico Reparaz fueron dos conocidos dramaturgos de comienzos del siglo XX. Ambos compusieron a nivel individual numerosas obras de teatro, sainetes y zarzuelas, y en algunas ocasiones colaboraron de manera conjunta, como sucedió con la obra de tres actos Los hijos artificiales. En ella se narra la historia de un juez de paz que se inventa un hijo extra matrimonial, con el fin de usarlo de tapadera para sus viajes a la ciudad a correr juergas y llevar una vida dispersa. Con el tiempo, el falso hijo se presenta en el pueblo donde este juez reside habitualmente, lo que le causa numerosas complicaciones.

Dionisio Ramos fue el manager de Paco Martínez Soria. La relación entre ambos era extraordinaria, y Dionisio era considerado un miembro más de la familia. Le gustaba escribir en sus ratos libres, y de su puño salieron dos obras de teatro que Martínez Soria representaría en los escenarios y, posteriormente, llevaría a la gran pantalla. Una de ellas fue Te casas a los 60 ¿y qué? (que en su versión cinematográfica se llamó Es peligroso casarse a los 60), y la otra es ¡Guárdame el secreto, Lucas!.

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El Teatro Talía era propiedad de Paco Martínez Soria


¡Guárdame el secreto, Lucas! aborda la vida de dos hermanos muy diferentes entre sí: Lucas y Pedro. Lucas es un hombre apocado, que vive sometido a las órdenes de su esposa Mariana, que dirige con mano de hierro la vida de ambos. Por el contrario, Pedro vive plácidamente con Julia, la millonaria propietaria de una fábrica de chocolate. Pedro se aburre con ese tipo de vida, y decide inventarse un hijo para poder sacarle dinero a su mujer y escaparse a ver a su amante. Para ello utiliza fotos y enseres personales de Jorge, un compañero de la pensión que utiliza para sus encuentros. Lo que Pedro no sabe es que Jorge es el novio de su hija Pilar, y todo se complica el día que este se presenta en su casa para pedir la mano de la muchacha.

 

¡VAYA PAR DE GEMELOS!

 

“¡Vaya par de gemelos!” se estrenó en 1978, y está basada en la obra de teatro ¡Guárdame el secreto, Lucas!, aunque con modificaciones en la trama. La más destacada fue convertir a los hermanos en gemelos, algo totalmente imposible en el teatro y rara vez realizado en el cine hasta entonces. La técnica se llama split screen (pantalla partida) o twinning (podría traducirse como “gemelización”), y probablemente esta fuera la primera película española en la que se aplicó. No solo exige el doble de trabajo por parte del actor principal, que tiene que encarnar a dos personajes (habitualmente muy diferentes entre sí), sino que además requiere filmar por duplicado cada secuencia en la que aparecen juntos, proyectándolas posteriormente por separado en otra película nueva para componer la secuencia completa, y aprovechando los elementos del decorado para disimular la unión entre ambas mitades de película. A día de hoy, y gracias a la informática, este trabajo es mucho más sencillo. 

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Todas las escenas están rodadas en las calles y comercios de Tarazona, excepto algunos planos exteriores que fueron rodados en Zaragoza. Salvo los actores principales, el resto de figurantes y extras fueron los propios habitantes de la localidad. ¡Vaya par de gemelos! pretendió ser un homenaje de Paco Martínez Soria a su ciudad de nacimiento, y basta con escuchar los testimonios de los turiasonenses para afirmar que el objetivo fue cumplido: todos hablan con cariño del rodaje, de cómo participaron en él y de lo cercano que siempre fue con ellos Paco Martínez Soria.

 

CASA MARIANA

¿Cinco hermanas? ¡Voy a ser el padre universal!

 

De los dos hermanos que protagonizan ¡Vaya par de gemelos!, Lucas es el más retraído. Se casó con Mariana (María Isbert), una mujer de carácter muy duro, y juntos regentan la tienda de drogas y comestibles “Casa Mariana”. Decir juntos es mucho decir, porque es realmente Mariana la que dirige tanto la tienda como el matrimonio. Trata a Lucas de atolondrado, y va detrás de él para cerciorarse que hace las cosas como debe hacerlas. Su vida transcurre entre la tienda, la casa y el bar, donde comenta que “la Mariana no me da más que lo justico p’al tabaco y para de contar” [sic].

El exterior de “Casa Mariana” se puede ver con todo detalle al comienzo de la película, mientras Mariana le indica a Lucas todo lo que no puede olvidarse cuando vaya a recoger el pedido de productos para la tienda. Poca confianza tiene en el pobre hombre, que sufre por el “clavario” que le supone aguantar a esa mujer, y se resigna a coger el motocarro y cumplir con sus obligaciones.

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Lucas aguanta las recriminaciones de Mariana

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Exterior del ultramarinos en 2020

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Exterior de la casa en 2007

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Exterior de la casa en 2020

Los turiasonenses recuerdan la tienda de comestibles, que existió realmente y era propiedad de la Sra. Antonia y el Sr. Teodoro, aunque no se llamaba “Casa Mariana”. Se trataba de un ultramarinos muy pequeño pero que surtía de todo lo necesario a los vecinos.

Ante la escasez de furgonetas pequeñas, los motocarros fueron una solución económica y práctica para aquellos comerciantes que necesitaban un vehículo práctico con el que trabajar. Los más primitivos no eran más que una motocicleta con un carro adosado (de ahí viene su nombre), pero con el paso del tiempo los vehículos fueron evolucionando hasta convertirse en pequeñas furgonetas de tres ruedas, como es el caso del Trimakar TRI 70 de Lucas.

 

FÁBRICA DE CHOCOLATES “LA ANGELITA”

¡Qué celebro! Qué celebro madre, y qué bien culculao todo

 

A diferencia de Lucas, Pedro es mucho más despierto. Demasiado. Está casado con Julia (Margot Cottens), la acaudalada propietaria de la fábrica de chocolates “La Angelita”. Tienen una hija en común, Pilar (Inma de Santis), que está prometida con el boticario. Su vida es mucho más cómoda… y más aburrida. Tan es así que, con el afán de divertirse y dar rienda suelta a su lívido, decide inventarse un hijo previo al matrimonio. El hijo le servirá como excusa para sacarle dinero a Julia, que es muy despistada y confía plenamente en Pedro, y podrá irse a Madrid a ver a su amante, que es una vedette de un conjunto.  

Qué diferente es la despedida de ambos hermanos por parte de sus mujeres. Mientras que Mariana le recrimina a Lucas que es un vago y que no debe olvidarse nada, la despistada de Julia le pide a Pedro que conduzca con cuidado, que vaya despacio y no adelante a nadie, y es a ella a quien se le olvida meter el cepillo de dientes en la maleta… y la maleta en sí misma. También hay grandes diferencias en el vehículo que utiliza cada uno: Lucas usa un humilde motocarro, mientras que Pedro viaja en un lujoso Opel Commodore GSE, con motor de seis cilindros y 160 cv.

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Pedro se monta en el coche mientras Julia le da consejos

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Julia se despide de Pedro... y se olvida de darle la maleta

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La supuesta fábrica de chocolate aparece en otra secuencia, cuando Lucas acude a Pedro en busca de consejo para quedarse con las diez mil pesetas (60 €) que le ha sisado a Mariana.

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Las puertas de los Trimakar son fácilmente desmontables

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Martínez Soria siempre fingía tropezarse en alguna escena, para desgracia del director de turno

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La fábrica que aparece en la película era realmente una fábrica de harinas, y se llamaba “Viuda de Marqueta”. Esta fábrica ejemplifica el poderío industrial que alcanzó Tarazona a comienzos del siglo pasado. Fue levantada en 1919 y está construida en piedra y ladrillo, con columnas de fundición y tejado de Uralita. En su estética se intentó recuperar un lenguaje clásico, con la finalidad de alejarse del modernismo, ya pasado de moda. Se trata de una fábrica de pisos, así catalogada por estar dividida interiormente en diferentes plantas que albergaban las distintas máquinas. El edificio principal de la fábrica sufrió un incendio en los años 80, quedando en pie únicamente su estructura exterior. La superficie total del conjunto es de casi cinco mil metros cuadrados, y actualmente está a la venta.

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Exterior de la fábrica de harinas poco después de su inauguración. Autor desconocido.

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Comparativa aérea temporal de la fábrica de harinas

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Plano general de las instalaciones

 

TARAZONA Y EL QUEILES

Chico, pues ya me había hecho a la ilusión yo de que era la Mariana la que se había espachurrao… bueno, que me había hecho al ánimo


Lucas y Pedro van de camino a sus respectivos cometidos. Lucas debe detenerse para revisar el motocarro, mientras Pedro se desplaza cómodamente en su Opel. Ambos se cruzan en el río y conversan acerca de sus diferentes obligaciones, sobre todo en el caso de Pedro, cuya “obligación” es ver a su amante y correrse una juerga.

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Tarazona y el Queiles en 1978

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Tarazona y el Queiles en 2020

A pesar de no tratarse de un lugar abandonado como tal, he querido mostrar esta localización por ser el primer fotograma en que aparecen juntos. Esta secuencia está rodada en el actual paseo de la Constitución, junto al Queiles, y constituye una de las imágenes más conocidas de Tarazona: el río en primer plano y la torre de La Magdalena destacando sobre la ciudad. Bajo esa torre, en la plaza de la Cárcel Vieja, viven Lucas y Mariana.

 

ESTACIÓN DE LA NAVA

¡Vaya! Ya se ha escachao otra vez. Esta Mariana cree que esto es un Pegaso…

 

Lucas debe ir con periodicidad a la estación, donde recoge los comestibles y productos de droguería que posteriormente venderán en el ultramarinos. Pero Mariana no se da cuenta de que el motocarro tiene un límite, y acaba pinchando una rueda.

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Esta secuencia está rodada en la estación de La Nava, que forma parte de la línea Soria-Castejón, que a su vez pertenece a la línea Torralba-Castejón y que estuvo operativa desde 1941 hasta 1996. Era de vía única, sin electrificar, y su construcción estuvo contemplada en el Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción de 1926. Para la confección de su trazado se aprovechó parte del ya existente del tren minero Ólvega-Castejón.

La estación como tal fue demolida años antes del rodaje de la película. Se ve perfectamente como Lucas camina sobre las baldosas de lo que fueron las diferentes estancias del edificio. Aún permanece en pie el almacén de las mercancías, que sirve de lugar de esparcimiento para algunas gentes de la zona.

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Comparativa aérea temporal de la estación de La nava

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Restos del trazado de la línea. Al final de este tramo hay un túnel

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Magníficas vistas del campo soriano, con la primavera en su máximo apogeo


GASOLINERA

 

Otro lugar de rodaje con poco uso, si no abandonado, es la gasolinera donde Jorge (José María Guillén) reposta gasolina en su Citroën GS antes de recoger a su madre (María Luisa Ponte) para ir a la pedida de mano de Pilar. Aunque ha sufrido notables cambios, el lugar es perfectamente reconocible.

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EPÍLOGO

 

De todas las películas de Paco Martínez Soria, quizá sea esta la que mejor ha aguantado el paso del tiempo. Tiene un argumento que, con pequeñas modificaciones, podría representarse perfectamente en la actualidad. Es una comedia de enredo sencilla, sin más pretensiones que hacer reír con juegos de palabras y dobles sentidos. ¡Vaya par de gemelos! se diferencia de la mayor parte de las películas que ha protagonizado, dejando a un lado el arquetipo de patriarca que une a la familia y se preocupa por la descendencia. Bueno, normalmente se preocupa porque quiere descendencia, y en este caso se preocupa por el exceso de hijos. 

Quiero mostrar mi más sincero agradecimiento a los miembros del grupo de Facebook “Fotos antiguas de Tarazona y sus gentes”, que respondieron rápidamente y de manera muy agradable a mis preguntas acerca del ultramarinos. Son un conjunto de personas entrañable que mantienen vivo en las redes la historia y el recuerdo de su ciudad, y eso merece respeto y admiración.

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REFERENCIAS


  • DOCUMENTALES
    • El precio de la risa – Gabriel Lechón y Pablo Urueña

  • LIBROS
    • Breve aproximación a la arquitectura industrial de Tarazona – Mª Pilar Biel Ibáñez
    • Catálogo del patrimonio cultural – Plan General de Ordenación Urbana de Tarazona (2015)
    • El don de la risa: Don Paco Martínez Soria – Javier Lafuente González


viernes, 12 de junio de 2020

Caserío de San Lorenzo de la Bóveda

A finales del s. XI, Párraces era uno de tantos castillos que había en la llanura segoviana. Junto a él se había erigido recientemente un monasterio bajo la advocación de Santa María de Párraces, y ambos formaban parte de las propiedades de Don Blasco Galindo y su esposa, Doña Catalina de Guzmán. Sabedores de que su final se acercaba sin haber tenido descendencia, decidieron donar a su fallecimiento todos sus bienes a la diócesis de Segovia. En el seno de la misma había un canónigo conocido por ser hombre recogido y de buenos propósitos: Se apellidaba Navarro, y deseaba retirarse lejos de la ciudad para llevar una vida más sobria. Corría el año 1148 cuando solicitó al cabildo que le cediese la iglesia de Nuestra Señora de Párraces, donde formaría una nueva congregación junto con otros compañeros de su misma iglesia. Tales eran la consideración y el respeto que se tenían por el maestro Navarro, que tanto el Obispo como el Cabildo de Segovia accedieron a su petición ese mismo año, dando lugar a la creación de la Abadía de Santa María la Real de Párraces.

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Caserío de San Lorenzo de la Bóveda



ABADÍA DE SANTA MARÍA LA REAL DE PÁRRACES
 

La congregación creció de manera paulatina, tanto a nivel institucional como en lo que a capacidad económica se refiere. Ya desde sus inicios la diócesis les concedió la jurisdicción eclesiástica sobre trece aldeas, cifra que aumentó con el paso del tiempo, y algunas de ellas devinieron en ser propiedad de la abadía. También les fueron concedidos privilegios fiscales que, con el crecimiento en prestigio de la congregación, se vieron incrementados de manera progresiva. A esto hay que añadir las numerosas aldeas, casas, caseríos, fincas e iglesias que pasaron a engrosar la larga lista de propiedades de la orden, provenientes de donaciones y adquisiciones de lo más diverso, convirtiendo a la Abadía de Santa María la Real de Párraces en uno de los señoríos de abadengo más poderosos de Castilla.

La abadía vio descender su prestigio de forma exponencial con el transcurrir de los años. La abundancia de dinero en las arcas de la orden tuvo como consecuencia el relajo en las costumbres de los religiosos, que comenzaron a ignorar los tres votos de obligado cumplimiento que tienen las órdenes monásticas: castidad, obediencia y pobreza. Era tal la capacidad económica de la abadía, que en 1454 acordaron dividir los bienes entre sus miembros. Una parte importante del capital fue para el Abad, que apenas acudía a la abadía y prefería frecuentar la compañía de gente poderosa, dejando a un lado el liderazgo que se le supone sobre los Canónigos y los Racioneros. Para estos fue otra parte del dinero, que empleaban (entre otras cosas) en pagar a cantores para que oficiaran la misa en lugar de hacerlo ellos mismos. La codicia invadió el espíritu de los miembros de la abadía, que dejaron completamente de lado sus labores oficiales para dedicarse a la buena vida y a vivir de las rentas. Esto llegó a oídos de Don Alonso de Fonseca, Obispo de Osma y, a la sazón, administrador perpetuo de la Abadía de Párraces, quien decidió entregársela a la orden jerónima en la primera década del 1500.

El declive de la Abadía de Párraces tuvo su punto de inflexión en 1565, cuando el Rey Felipe II solicitó al Papa Pío IV la anexión de la abadía a una iglesia de Madrid, con la finalidad de que los integrantes de la orden recuperaran de una vez el rumbo monástico y volvieran a la cultura del recogimiento. Este hecho tuvo lugar al año siguiente, momento en el que la Abadía de Santa María la Real de Párraces pasó a depender de El Escorial. No cabe duda de que esta adhesión supuso un alivio económico para la orden madrileña, que pasó a disponer tanto de la propiedad de numerosos inmuebles como de la enorme suma de dinero que había en las arcas de Párraces, que alcanzaba casi los dos mil quinientos millones de maravedíes. Este dinero iba a servir en gran medida para avanzar las obras del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que habían sido iniciadas recientemente y donde el Rey quería que de noche y de día hubiera monjes rezando por su alma y la de los miembros de su familia.

En 1798, con la desamortización de Godoy, la Abadía de Párraces vivió el principio del fin de su historia. En este proceso se inventariaron y enajenaron todas las fincas y obras pías que poseyeran (hospitales, hospicios, etcétera), procediéndose a la subasta pública para, con los fondos obtenidos, equilibrar las deficitarias arcas del estado. La desamortización de Mendizábal (1836-37) supuso el canto del cisne de la orden segoviana, y en ella se expropiaron todos los bienes del monasterio, amén de las alhajas, objetos de valor y ropas de culto. En aquel momento, la Abadía era propietaria de más de nueve mil hectáreas de terreno.

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CASERÍO DE SAN LORENZO DE LA BÓVEDA

 

Esta finca formó parte de la extensa lista de propiedades de la Abadía de Párraces, y para cuando tuvo lugar su integración en El Escorial en 1566, el Caserío de San Lorenzo de la Bóveda era ya una de las grandes casas de campo que gestionan la labor agropecuaria de la zona, siendo gestionada por un religioso jerónimo. Disponía de pozo de nieve y fragua, aunque de esta última no queda rastro.

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Cabe en lo posible que el conjunto sea posterior a esa época o que recibiera una reforma de gran calado, porque en los dinteles de granito de las puertas de acceso se observa el emblema del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, junto con la inscripción “AÑO D 1708”.

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Su estructura es rectangular y constituye un recinto completamente cerrado, con una plaza central en torno a la cual se orientan algunos edificios de labor, así como las viviendas de los trabajadores. Está edificada en ladrillo y granito, con paredes divisorias de adobe y techumbre de vigas y tablones de madera. En la cara norte se disponen los diferentes establos y pajares, mientras que en las caras este y oeste se ubican las viviendas de los trabajadores.

En la parte sur de la finca se ubica la casa principal. Los dinteles de la puerta de acceso están formados por columnas de granito, y en ellos se apoyaba un balcón. En la parte más alta hay una espadaña rematada con una cruz de hierro, ornamento abundante en otras partes del inmueble como son las rejas de las ventanas de la planta baja.

 

1 DE ENERO DE 2020

 

El día amaneció frío pero soleado. Aún quedaban unas cuantas horas hasta la llegada de la comida de “año nuevo”, de modo que opté por hacer una de las cosas que más me gustan: conducir por carreteras secundarias e intentar descubrir sitios olvidados.

No hay mejor improvisación que la que se prepara. Aunque conduzca sin una ruta fija marcada, siempre consulto antes el mapa satélite para intentar descubrir posibles carreteras interesantes o sitios que puedan estar abandonados. En esta ocasión había puesto los ojos en una finca que tenía toda la pinta de estar olvidada, y hacia allí intenté aproximarme. No las tenía todas conmigo, ya que la vista aérea del lugar no me daba plenas garantías de que estuviera abandonada, pero la zona era bonita y merecía la pena darse un paseo.

Según me aproximaba al edificio la decepción crecía por momentos. Casi no hacía falta acercarse, ya que desde el norte se podía ver como aquel edificio, a pesar de ser viejo y notarse el paso de los años, lucía un aspecto muy sólido. Dado que la carretera seguía una línea recta, paralela al lado largo del rectángulo que forma el complejo, decidí avanzar el camino y seguir con mi ruta. La sorpresa vino cuando pude ver con nitidez el lado más largo de la finca: El desplome de buena parte de la fachada me confirmó que estaba ante un lugar abandonado. Por desgracia había gente dentro de la finca, o eso me hacía suponer el coche que había aparcado en su interior. Pero aquello no me cuadraba, ya que la ubicación de ese coche no era precisamente la más adecuada, ya que estaba metido en un rincón y completamente rodeado de escombros. Había que echar un vistazo.

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Lado largo de la finca



¡¡Un coche abandonado!! Es maravilloso ir a sitios olvidados y encontrar objetos que nos evoquen imágenes del pasado o que nos proporcionen información sobre los propietarios que han tenido. Pero de todos los objetos y enseres que se puedan encontrar, un coche siempre es el que más pasión despierta entre los aficionados a la exploración. Huelga decir que fue lo primero a lo que hice fotos al entrar y lo último a lo que hice fotos al salir. Y lamentablemente las fotos no salieron rodo lo bien que me hubiera gustado: El sol brillaba con tanta fuerza que quemaba la imagen, haciéndose complicado realizar buenas tomas.

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No se trataba de un coche habitual en España, ya que no lo había visto en mi vida, y aunque pude llegar a suponer de qué marca era, desconocía totalmente cual era el modelo en cuestión. En casa pude confirmar mis sospechas: Se trataba de un Oldsmobile Omega de tercera generación (1980-1984), modelo pequeño dentro de la gama del fabricante estadounidense. Para quien no lo sepa, Oldsmobile fue, hasta el cese de su actividad en 2004, la cuarta marca de automóviles más antigua del mundo (fundada en 1885), por detrás de Daimler, Peugeot y Tatra.

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Oldsmobile Omega


El cuentakilómetros indicaba 12.431 millas recorridas, equivalentes a unos 20.000 km, cifra anormalmente baja para la edad del coche. No era posible corroborarlo por su aspecto externo, ya que el pobre Oldsmobile había sido parcialmente sepultado por el tejado y una de las paredes de piedra de la cochera en la que estaba metido, probablemente, desde hacía muchos años. El nivel de equipamiento era considerablemente alto para la época, disponiendo de elementos de lujo como aire acondicionado, cambio automático, cierre centralizado y elevalunas eléctricos.

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Dejé el viejo “Olds” a un lado, y atravesé la cochera para adentrarme en la finca. Todas las construcciones rodean una enorme plaza empedrada que, en su parte central, tiene una fuente de piedra. Se trataba de una fuente muy especial, porque en su pilón tenía agua en lugar de cerveza, cosa que muchos agradeceríamos en verano. Aunque esta cerveza estaba como el caserío: Olvidada y muy pasada de fecha.

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Cerveza que no has de beber, déjala correr.


La parte norte de la finca estaba compuesta por pajares y abrevaderos, abiertos en unos casos y cerrados en otros. El interior estaba prácticamente hundido en todo el perímetro, pero el muro que separa del exterior permanecía en perfectas condiciones: Eso fue lo que me llevó al engaño y me hizo suponer que el lugar estaba en uso. En la parte más noble utilizaron columnas de granito, mientras que en la zona destinada a animales y labores se empleó la madera como material predominante.

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Despoblados y abandonados

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En las caras este y oeste encontramos viviendas de empleados y cuadras respectivamente, y en ambos casos su estado de conservación es ruinoso. Dentro de las viviendas aún quedan enseres personales de sus antiguos moradores, como cuadernos de estudio, revistas o alguna prenda de ropa.

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El edificio principal se ubica al sur del conjunto, y se aprecia en su diseño un mayor cuidado en el aspecto señorial. El enlace entre los muros principales está realizado en granito, mientras que en el resto se empleó el ladrillo. Este queda visto en algunas secciones de la fachada, mientras que otras están enfoscadas en cemento blanco, siguiendo el estilo herreriano imperante en la época, aunque de un carácter claramente más sencillo.



Basta con echar un vistazo para percibir una nítida diferencia en el trato empleado a las diferentes construcciones de este lugar. Mientras que las zona de labor y menesteral están completamente abandonadas, el edificio principal ha sido conservado de manera adecuada. Todas las puertas y ventanas han sido tapiadas, el tejado ha sido reparado recientemente y se han subsanado defectos de la fachada. Los restos de la cubierta antigua están amontonados en el patio de la finca, quedando separadas las vigas de madera de los escombros restantes.

 

EPÍLOGO

 

Con esto de los lugares abandonados sucede lo mismo que con los icebergs: A veces solo vemos una pequeña parte carente de atractivo, pero basta con investigar un poco para descubrir cosas de lo más interesante.

Al ver de lejos este caserío tuve la tentación de dar media vuelta, pero algo me invitó a acercarme y comprobar si era cierto lo que creían ver mis ojos. Si me hubiera marchado sin haber prestado atención a este lugar, no habría podido ahondar en la interesante historia de la Abadía de Párraces ni habría descubierto otros tantos lugares abandonados relacionados con ella. No conviene dejarse llevar por las apariencias, dicen por ahí que a veces engañan.


REFERENCIAS

 

  • Libros
    • La fundación del Monasterio de El Escorial – Fray José de Sigüenza (1544-1606)