lunes, 17 de agosto de 2020

Paternoy

Según D. Pascual Madoz:

PÁTERNOY*

Lugar con ayuntamiento en la provincia de Huesca, partido judicial y diócesis de Jaca, audiencia territorial y ciudad g. de Zaragoza, SIT. en terreno desigual; su CLIMA es frío pero sano. Tiene 11 CASAS, la del concejo que también sirve de escuela de primeras letras; iglesia parroquial (La Asunción de Nuestra Señora.); cementerio en paraje ventilado, y buenas aguas potables. El TERRENO es de mediana calidad, PROD. granos, y pastos para el ganado que cria, POBL. 16 veciudad de catastro, 99 almas. RIQUEZA IMP.  22,208 reales CONTR. 2,837. [sic]

 

Y según D. Pascual Madoz:

 

PATERNOY**

Pardina en la provincia de Huesca, partido judicial de Jaca; correspondió a las monjas benitas de esta ciudad; hoy es de un particular; se halla en término del pueblo de Bailo. [sic]


* y **: Textos mínimamente modificados para facilitar su comprensión

 

Siempre que investigo acerca de un pueblo abandonado mi primera consulta va dirigida al Diccionario Madoz. En lo que se refiere al topónimo Paternoy, este distingue entre dos posibles lugares, diferenciados únicamente por la tilde en la primera A. La definición que más se ajusta a la aldea protagonista es la de Páternoy, con la tilde que ha perdido con los años, mientras que Paternoy debió ser una pardina de la que actualmente no queda ni rastro en los mapas. Debieron estar cerca una de la otra, ya que ambas pertenecían al partido judicial de Jaca y estaban en el término municipal de Bailo.


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EL ÉXODO RURAL

 

La situación se ha repetido varias veces a lo largo de la historia, y aunque causa ha variado a lo largo de los años, el final siempre ha sido el mismo: los pueblos han visto reducida notablemente su población en beneficio de las ciudades. La revolución industrial fue el último revulsivo que provocó una migración masiva desde las áreas rurales hacia las grandes urbes, que eran las que proporcionaban en aquel momento las mejores oportunidades laborales.

 

La selección natural se encarga de que sobrevivan los más fuertes o los que mejor se adapten a las circunstancias que les rodean. Si extrapolamos esta afirmación a los pueblos, se concluye que tendrán más posibilidades de supervivencia aquellos que estén situados en torno a las ciudades, los que disfruten un clima menos agresivo, los que dispongan de mejores carreteras o tengan mayor cantidad de recursos a su alcance. Aunque toda regla tiene sus excepciones, y en ocasiones encontramos pueblos cuyo abandono, a simple vista, no tiene explicación.

 

La mayor parte de los pueblos actualmente abandonados reúne casi siempre los mismos condicionantes. Como su situación, en plena montaña, con climatología adversa. O su difícil acceso: sin carreteras, teniendo que viajar por caminos de herradura a pie o en caballería, con trayectos de varias horas en algunos casos. Sin olvidar su escasez de recursos, incluyendo la ausencia de redes de abastecimiento de agua o luz (en algunos casos la luz llegó al final de sus días). El remate lo pone la falta de oportunidades laborales para las nuevas generaciones: estas se reducían a las imprescindibles para la subsistencia, como la agricultura, ganadería y oficios (hoy artesanía) para hacer entre todos la vida más llevadera.

 

Los más jóvenes no se resignaban a continuar la trayectoria de sus antepasados. La posibilidad de trasladarse a la ciudad y vivir en casas más aclimatadas, con trabajos menos sacrificados y de mayor proyección, resultaba mucho más atractiva que la perspectiva que hasta entonces conocían: agotadoras jornadas de sol a sol trabajando la tierra y cuidando a los animales, largos y duros inviernos encerrados en casas sin comodidades y carencia de opciones de futuro. 

 

Las localidades más fuertes crecieron. Las que supieron adaptarse mantuvieron el tipo, aunque perdieron población. Las que partían de una situación más desfavorable vieron como sus jóvenes marchaban, quedando sin remplazo las viejas generaciones que lo mantenían con vida. Muchos de los que se emigraron arrastraron posteriormente a sus familiares hacia una vida mejor, con las comodidades de la ciudad, y poco a poco quedaron completamente vacías muchas aldeas y caseríos que, hasta unos años antes, no podían imaginar lo cerca que estaba su final. En algunos casos quedaron alguna persona solitaria o algún matrimonio rezagado que, a falta de familiares con los que marchar o prefiriendo quedarse en la realidad que han conocido toda la vida, optaron por permanecer en el pueblo hasta el final de sus días.


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PATERNOY

 

Paternoy cumple con todos los requisitos de la lista del buen despoblado por el éxodo rural: está ubicado en plena montaña, entre los barrancos del Cajicar y del Paternoy, considerablemente alejado de los pueblos más cercanos. No dispuso de carretera de acceso, los desplazamientos desde o hasta Paternoy eran de varias horas por caminos de herradura. Tampoco les llegó la red eléctrica, por lo que hasta el final de sus días tuvieron que iluminarse con candiles y teas.

 

Precisamente como una tea pudo haber ardido Paternoy hasta en dos ocasiones el siglo pasado. La primera tuvo lugar en julio de 1949, cuando un fuego declarado entre Salinas de Jaca y Ena se extendió hacia los montes de Bailo, acercándose de manera peligrosa a Paternoy, cuyo vecindario fue movilizado junto con los de Alastroy y Villalangua.


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Reseña en ABC, 6 de julio de 1949


 

En la segunda ocasión el fuego se llevó por delante más de tres mil hectáreas, y los vecinos de los núcleos periféricos tuvieron que elaborar cortafuegos con urgencia para impedir que las llamas arrasasen tanto sus viviendas como el monasterio románico de San Juan de la Peña, que acoge a los reyes de Aragón de los siglos XI y XII. El foco se localizó en el mismo Paternoy: una hoguera mal apagada por un joven neorrural que ocupaba una de las casas.


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Reseña del incendio en ABC, 25 de agosto de 1994


 

Dejando a un lado estos incidentes y obviando sus leyendas (que como todo pueblo las tendrá), es justo decir que Paternoy no tiene una historia especial tras de sí. Es un pueblo más: uno de tantos humildes y sacrificados lugares que proporcionaron alimento y resguardo a sus habitantes, que lo consideraron hogar y lo cuidaron y respetaron como se merece. Uno de aquellos pueblos imprescindibles para entender nuestro pasado y nuestro presente. Pero que no tenga una historia especial no quiere decir que no sea un lugar especial, porque lo es. Y mucho. Las fotos no le hacen justicia.

 

 

13 de agosto de 2020


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Habían pasado varios meses desde la última vez que nos reunimos el grupo de amigos aficionados a la exploración. Resultaron unos días de lo más entretenidos, con anécdotas divertidas y con resultados sorprendentes en lo que a sitios abandonados se refiere. Aproveché su compañía para disfrutar con ellos diversos lugares que, por su localización o sus características, no convenía visitar en solitario. También aproveché el hecho de que vinieran en un vehículo todo terreno, que resulta imprescindible para llegar a según qué lugares.

 

Tenía una deuda pendiente con esta zona en general, y con Paternoy en particular. Llevaba años apuntado en mi lista de lugares para visitar, pero lo fui posponiendo por diversos motivos. Uno de ellos era la necesidad de acceder en un vehículo 4x4, y vi el cielo abierto cuando, en la cena, me preguntaron por lugares interesantes a los que ir al día siguiente. La ruta comenzaría en un puente en ruinas (con una trágica historia detrás), continuaría en un parador abandonado, continuaría en un hotel que corrió la misma suerte… y el colofón sería esta humilde aldea que, aunque no lo parezca, tanto tiene que ofrecer. Bueno, el auténtico colofón sería darnos un baño refrescante en unas pozas cercanas ¡estábamos en plena ola de calor!

 

A Paternoy se puede llegar por dos caminos. El corto es ancho, aparentemente de buena trazada, aunque en ocasiones tiene fragmentos de grava en los que un turismo podría atascarse. El camino largo casi triplica en longitud al corto y desconozco sus condiciones, aunque tiene la ventaja de disponer a su inicio las pozas en las que nos íbamos a bañar. Escogimos finalmente el camino corto, y una vez pasado el punto de no retorno comenzamos a divisar a lo lejos la iglesia de la Ascensión de Nuestra Señora. La imagen de Paternoy promete: la naturaleza que lo rodea es espectacular, y sus ruinas se intuyen interesantes.


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Dejamos el Jeep en la plaza que hay poco antes de llegar a la iglesia, que es sin duda el punto álgido de todo lo que Paternoy puede ofrecernos. A primera vista parecen cuatro paredes ruinosas y una espadaña, todo cubierto de una espesa capa de zarzas. Pero las apariencias engañan, y las zarzas que cubren el acceso de la misma no son todo lo tupidas que pudiera parecer a simple vista, de modo que se puede entrar en el templo a pesar de los enganchones producidos en la ropa. La iglesia sorprende y mucho: los frescos de las paredes, el impresionante dintel de la puerta principal, los árboles naciendo del interior del templo… La naturaleza la va devorando poco a poco, y le da ese toque de ruina pendiente de descubrir que tanto nos gusta a los que hacemos estas cosas. Vale la pena entretenerse un buen rato en la iglesia y admirar todos los detalles que aún conserva. En verdad creo que sobra cualquier comentario que pueda hacer, lo mejor es que veáis las fotos.


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Espectacular iglesia de La Ascensión de Nuestra Señora


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Acceso cubierto de zarzas. Parece más despejado de lo que realmente está

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Impresionante dintel de la puerta de acceso, ubicada en la base de la torre

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Acceso a la nave principal del templo

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Interior de la torre de la iglesia, visto desde la base

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Un árbol crece bajo el coro, y se apoya en el arco que sostenía la estructura del mismo

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Aún sobrevive la magnífica decoración de las paredes

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Me atrevería a decir que es una de las estaciones del Vía Crucis

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Altar mayor

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Paternoy es muy agradecido para las fotos. Tiene rincones espectaculares que merecen que uno se detenga y observe. Que observe las ruinas de las casas, que la vegetación va haciendo suyas poco a poco. Que observe la impresionante naturaleza que nos rodea, con unos colores difíciles de describir con palabras. Las cámaras no captan esa esencia que nuestros sentidos perciben en directo, pero permiten que reviváis de la forma más realista posible instantes como los que yo viví en primera persona.


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Encaje de piedras entre fachadas para aumentar la resistencia de la estructura


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Al fondo, San Juan de la Peña

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Piedras encajadas al milímetro. Arte

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Paternoy tiene un protagonista que no tiene nada que ver con las casas ni con la iglesia, ni mucho menos con la naturaleza que acoge esta bonita aldea. Se trata de un elemento totalmente artificial, cuyo nacimiento tuvo lugar en los últimos instantes de vida de nuestro pueblo protagonista, y que tuvo que recorrer un camino muy duro para llegar hasta allí. Quizá no estuviera previsto, pero llegó para no salir jamás.

 

SEAT 850 ESPECIAL

 

He dicho en varias ocasiones que me entusiasma encontrar un coche en un lugar abandonado, y esta no es una excepción. Habrá a quien le cueste identificarlo, tal es su estado de descomposición, pero se trata de un SEAT 850 Especial de dos puertas. Si el pueblo es fotogénico el coche lo es aún más, y el hecho de estar medio desmontado permite apreciar las soluciones técnicas que se aplicaban a los coches en los años 60. De las cerca de tres horas que estuvimos por Paternoy, diría que casi una transcurrió alrededor del pobre “culopollo”, haciéndole mil y una fotografías. Tan es así que merece artículo aparte.


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Poco queda del SEAT 850 Especial

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Este es el aspecto que presentó hace unas cuantas décadas

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No desentona en absoluto


Algunas de sus casas tenían un tamaño considerable, y sus fachadas aun lucen bonitas arcadas con la fecha de la construcción de las mismas, todas en torno a la mitad del s. XIX.


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Año 1842
hemos echo esta casa pascual
------ mujer melchora i -------- longas

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Cambios de uso

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Casa Colás, la última en ser deshabitada. Fuente: Los pueblos deshabitados

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Impresionante

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AÑO 1846

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Hecho a mano, corte vertical impecable
 

Paternoy está lleno de rincones increíbles. Algunos de sus callejones parecen lugares de fantasía, teñidos del resplandor verde que desprende la naturaleza que los abraza. Volver en primavera será todo un placer.

 

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Camino mágico que parte de la iglesia hacia el río

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La naturaleza engulle todo a su paso

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Caray ¡cómo ha crecido este bonsay!

 

 


EPÍLOGO

 

Paternoy me sorprendió hasta a mí, que podía intuir lo que iba a encontrar, así que no hace falta que os explique la impresión que causó en mis amigos. ¿Será por encontrarse en medio de la montaña? ¿Será porque la maleza lo devora y le da ese aire de “ruinas sin descubrir” que tanto nos gusta? ¿Será por tener una iglesia sin igual? ¿Será por el SEAT 850 especial? ¿Será por todo lo anterior a la vez?

 

Fueron horas de disfrute para los sentidos. Auditivo (nada como el trinar de los pájaros silvestres), fotográfico y visual. Y al final de la tarde, gastronómico. Y es que después de un largo día de abandonos y caminata, descansando el cuerpo sentados bajo un roble, ¡La coca de cabello de ángel comprada en Ayerbe fue un aperitivo de lujo!

 

Pude saldar una deuda con Paternoy, que ya iba siendo hora. Aunque la historia no terminará aquí: como escribí más arriba, este pueblo debe ser precioso en primavera.

 

P.D.: al final no nos bañamos. ¡No dio tiempo! Aunque mereció la pena. Las pozas seguirán allí cuando hagamos la próxima visita. Y confío en que Paternoy, también.






REFERENCIAS


- Instituto Geográfico Nacional

 

 

 

 

 

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